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Ola azul en Estados Unidos: los demócratas conquistan el Congreso

Washington amaneció este miércoles con el mapa del poder dado la vuelta. Los demócratas conquistaron el Congreso en las elecciones de mitad de mandato celebradas este martes y se quedaron con las mayorías de la Cámara de Representantes y del Senado, despojando a los republicanos del control del poder legislativo en una sola jornada.

La confirmación llegó en la madrugada de este miércoles, cuando las proyecciones acumuladas dejaron de describir una tendencia y pasaron a describir un hecho: la oposición al presidente Donald Trump dominará a partir de ahora las dos cámaras que escriben las leyes, aprueban los presupuestos y controlan al Gobierno.

Que el vuelco sea doble es lo que lo convierte en un acontecimiento mayor. Ganar una cámara habría supuesto un freno importante para la Casa Blanca; ganar las dos supone un cambio de régimen en la práctica cotidiana del poder.

Nada de lo que el Ejecutivo quiera convertir en ley podrá avanzar sin pasar por mayorías demócratas, y cada nombramiento relevante necesitará el visto bueno de un Senado que ya no responde a la disciplina del partido del presidente.

El Senado sentenció la noche

Si hubo un momento en que la elección se decantó, fue en la cámara alta. La contienda por el Senado cerró con proyecciones consolidadas de The Associated Press para 33 de los 35 escaños en disputa, con la mayoría cambiando de color.

El avance demócrata en el Senado superó las expectativas iniciales de los principales modelos estadísticos, que habían trabajado con escenarios más estrechos: a medida que la agencia de noticias iba adjudicando escaños, la pregunta dejó de ser si habría cambio de mayoría y pasó a ser con qué comodidad se produciría.

El Senado no es una cámara más. Confirma a los jueces federales —incluidos los del Tribunal Supremo cuando se produce una vacante—, valida a los secretarios del Gobierno y a los embajadores, y sostiene competencias exclusivas en política exterior.

Arrebatárselo al partido del presidente en mitad de su mandato equivale a colocar un segundo centro de poder frente a la Casa Blanca, con capacidad de bloqueo sobre algunas de las decisiones más duraderas de cualquier administración: las que se toman nombrando jueces.

A la cámara alta se sumó la Cámara de Representantes, renovada por completo como manda el ciclo electoral estadounidense y también teñida de azul según las proyecciones.

La combinación de ambas conquistas es lo que los analistas han descrito, sin necesidad de metáforas adicionales, como una ola: no una victoria en un territorio, sino un movimiento simultáneo en todo el tablero legislativo.

El voto que se movió: suburbios y ciudades

Detrás del resultado hay un desplazamiento reconocible. Los ciudadanos acudieron en masa a los centros de votación durante toda la jornada de este martes, y el comportamiento electoral en los distritos suburbanos y urbanos mostró un patrón claro de descontento con la gestión actual de la Casa Blanca.

La lectura que hacen los analistas es compartida a ambos lados del Atlántico —la crónica de The Guardian sobre los resultados apunta en la misma dirección—: el voto de estas elecciones funciona como un veredicto directo de la ciudadanía sobre el Gobierno.

La participación masiva añade otra capa a esa lectura. Las elecciones de mitad de mandato suelen movilizar menos que las presidenciales, porque falta el reclamo de elegir al inquilino de la Casa Blanca; cuando, pese a ello, los ciudadanos acuden en masa a votar en un examen intermedio, el mensaje es difícil de edulcorar.

No votaron solo las bases convencidas de cada partido: votó el país que normalmente se queda en casa, y lo hizo con un sentido mayoritario reconocible en el resultado. Esa amplitud es la que convierte una derrota legislativa en un juicio político sobre el conjunto de una administración.

Los suburbios merecen una mención aparte, porque en ellos se libran las batallas decisivas de la política estadounidense contemporánea.

No son feudos de nadie: albergan a electores que cambian de voto según el momento, sensibilizados con el coste de la vida, la seguridad de sus barrios y la sensación general de orden o desorden. Cuando ese electorado se moviliza en masa y lo hace en una misma dirección, el resultado rara vez es un empate técnico.

Lo de este martes —ambas cámaras, contra los pronósticos más prudentes— encaja en esa categoría de movimientos amplios que luego se estudian como giros de ciclo.

La cita que todo presidente teme

Las elecciones de mitad de mandato ocupan un lugar singular en el calendario político de Estados Unidos: son el único momento en que el país entero puede pronunciarse sobre un presidente sin poder sustituirlo. Esa condición las convierte en un plebiscito inevitable.

El diseño constitucional renueva toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado a los dos años de mandato, y la tradición política añade el resto: el partido en el poder suele pagar en esa cita el desgaste acumulado, porque el descontento moviliza más que la satisfacción.

En ese espejo se ha mirado esta elección y el reflejo ha sido severo. Los analistas coinciden en que el patrón de votación generalizado representa un rechazo directo en las urnas a la agenda política del presidente Donald Trump, y en que el resultado redefine por completo los últimos dos años de su administración.

No se trata solo de un mal resultado para los republicanos: es la pérdida simultánea de los dos instrumentos que permitían a la Casa Blanca legislar con comodidad, en el momento exacto en que una presidencia empieza a pensar en su legado.

Un presidente, dos años y un Congreso enfrente

Las consecuencias prácticas empezarán a notarse en cuanto el nuevo Congreso tome posesión de sus mayorías.

La nueva composición legislativa obligará al presidente a enfrentarse a una férrea resistencia en la segunda mitad de su mandato: las comisiones pasarán a manos demócratas, con ellas la capacidad de citar, investigar y marcar la agenda informativa, y el dinero público —presupuestos, techo de deuda, fondos para cada programa— quedará sometido a negociación permanente.

Para la agenda de Trump, la alternativa queda formulada en los análisis de la propia noche electoral con meridiana claridad: las promesas de campaña de la administración requerirán negociaciones bilaterales profundas o quedarán paralizadas de forma indefinida.

No hay término medio procedimental. Un presidente sin Congreso puede vetar, puede gobernar parcialmente por decreto y puede acudir a los tribunales, pero no puede aprobar sus leyes.

Y un Congreso sin la firma presidencial puede bloquearlo casi todo, aunque le cueste más construir su propia alternativa.

El resultado más probable de esa geometría es una mezcla de confrontación y acuerdos puntuales en lo imprescindible, que es, en el fondo, la situación para la que el sistema fue diseñado.

Lo que todavía falta por contar

Quedan, con todo, flecos que el escrutinio oficial deberá cerrar en los próximos días. Cuando las proyecciones ya daban el Senado por resuelto, dos de los 35 escaños en disputa seguían sin adjudicar, y la distribución definitiva de asientos en cada cámara —el número exacto que separa a la mayoría de la minoría— solo la fijarán los recuentos oficiales de cada estado.

Lo mismo ocurre con las gobernaciones estatales que también se decidían este martes y cuyos resultados definitivos conviene consultar en las plataformas de datos de las autoridades electorales oficiales, como han venido recordando los propios medios durante la cobertura, entre ellos el seguimiento en directo de CNBC.

Esos márgenes pendientes no cambian el titular —el Congreso es demócrata— pero sí condicionan su traducción práctica: una mayoría holgada disciplina mejor sus votaciones que una mayoría de un solo voto, y cada escaño que aún baila puede alterar la negociación de los primeros presupuestos de la nueva era.

La ola azul ya es un hecho político consumado; su altura exacta en cada cámara es lo único que queda por medir. Y en Washington, donde a partir de ahora todo se negociará voto a voto, esa medición importa más de lo que parece.

Musa Meta

Musa Meta

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