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64 millones de votos: Lula gana su última elección y Brasil entra en la era de la despedida

El número quedó escrito el domingo 25 de octubre y costará años superarlo: 64.256.232 votos. Con el escrutinio completo del Tribunal Superior Electoral, Luiz Inácio Lula da Silva se impuso en la segunda vuelta de las presidenciales brasileñas con el 51,79 por ciento de los votos válidos, por delante del 48,21 por ciento del senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal, que sumó 59.826.041 apoyos.

Nunca un candidato había recibido tantos sufragios en un balotaje en Brasil: el récord anterior era del propio Lula, en 2022, y el viejo líder sindical se lo arrebató a sí mismo a punto de cumplir 81 años. Los datos oficiales del escrutinio están reunidos en la página de resultados de The Guardian.

Será su cuarto mandato. Nadie elegido por las urnas ha gobernado Brasil tanto tiempo, y nadie lo ha hecho ganando elecciones separadas por casi un cuarto de siglo: 2002, 2006, 2022 y ahora 2026. Pero la noticia del domingo no fue solo quién ganó. Fue cómo ganó, y el anuncio que hizo al ganar: esta era su última candidatura, y en 2030 entregará el poder.

El domingo en que Brasil votó dos veces

Antes de ser una remontada, la jornada fue una fotografía del país entero en movimiento. La votación se extendió por los colegios electorales de todo el territorio de la República Federativa, de Brasilia a cada rincón del mapa, y el escrutinio del Tribunal Superior Electoral avanzó hasta completar el cien por ciento de las urnas con la victoria ya confirmada formalmente el mismo domingo.

En las contiendas reñidas, la velocidad y la completitud del conteo no son detalles técnicos: son lo que separa un resultado de una disputa. Cuando cerró la noche, Brasil tenía un presidente electo con cifras cerradas, y eso, en una elección que partió al país en dos mitades casi perfectas, es parte sustancial de la noticia.

La jornada dejó también una medida de la tensión acumulada: la autoridad electoral registró 4.153.801 votos nulos y en blanco, un contingente que en electores supera la ventaja que separó a los dos finalistas en términos relativos de participación.

Cada una de esas papeletas fue un ciudadano que se presentó a votar para no suscribir ninguna de las dos ofertas. El nuevo presidente gobernará, por tanto, sobre tres países a la vez: el que lo eligió, el que eligió a su rival y el que no eligió a ninguno.

Tres semanas para dar vuelta una elección

El guion parecía escrito en contra. El 4 de octubre, en la primera vuelta, Lula terminó segundo. El balotaje lo obligaba a remontar contra un rival que llegaba con el impulso del primer puesto y con una base electoral enorme, como demostraron sus casi 60 millones de votos finales.

Lo que siguió fue una remontada que los cronistas de la jornada califican sin rodeos: sin precedentes en las presidenciales brasileñas.

El instrumento fue tan antiguo como eficaz: movilización territorial. Durante tres semanas, la campaña del Partido de los Trabajadores trabajó el terreno, electorado a electorado, hasta convertir una desventaja en una ventaja superior a los 4,4 millones de votos.

En un país partido en dos, la elección no la decidió un debate ni un escándalo: la decidieron los votantes que la maquinaria logró llevar a las urnas en la recta final. La historia completa de las cuatro victorias de Lula, desde 2002 hasta hoy, la repasa UOL Notícias en su recorrido por el historial del petista.

Un país, dos mitades y cuatro millones de silencios

La foto del domingo es la de una nación dividida con una precisión casi matemática: 51,79 contra 48,21. La diferencia entre gobernar y quedarse a las puertas se midió en poco más de tres puntos porcentuales después de una de las contiendas más polarizadas y reñidas que recuerda la democracia brasileña.

El bolsonarismo, representado en esta ocasión por Flávio Bolsonaro, no colapsó: quedó segundo con una votación que habría ganado la mayoría de las elecciones de la historia del país.

Hay además un tercer Brasil dentro de las cifras: los 4.153.801 votos nulos y en blanco. Millones de ciudadanos que cumplieron el trámite de votar y declinaron elegir entre las dos opciones finales. Ninguna de las dos campañas querrá mirar demasiado esa cifra, pero ahí queda, como el registro de una insatisfacción que ninguna remontada disipa.

Del lado perdedor, la derrota tiene una textura particular: Flávio Bolsonaro, senador y candidato del Partido Liberal, perdió una elección que llegó a encabezar. Sus 59.826.041 votos no son el registro de un derrumbe, sino de una fuerza que seguirá presente en la vida institucional brasileña desde el primer día del nuevo mandato, incluido un Congreso donde la oposición conserva la mayoría.

La polarización que marcó la campaña no se disolverá con el escrutinio; simplemente cambiará de escenario, del mitin al hemiciclo, donde se decidirá cuánto del programa del vencedor puede convertirse en ley.

Ganar fue la parte conocida; gobernar será otra cosa

El mandato que ahora comienza tiene, según anunció el propio Lula en su discurso de victoria, tres prioridades: la estabilidad económica, la seguridad interna y la negociación con un Congreso de mayoría opositora.

La lista es también una confesión de los límites del triunfo: el nuevo gobierno no controlará el legislativo, y cada medida relevante deberá construirse a fuerza de acuerdos con quienes acaban de perder la elección por un margen estrecho y conservan fuerza para bloquear. El perfil de este cuarto Lula, el de la despedida, lo traza El Colombiano en su perfil del presidente reelegido.

Y está la edad, que en este caso no es un dato biográfico más sino una variable política de primer orden. Lula asumirá su cuarto mandato a punto de cumplir 81 años, convertido en el gobernante electo democráticamente con más tiempo en el poder de su país no por acumulación de cargos, sino por acumulación de victorias.

Cuatro elecciones ganadas en cuatro décadas políticas distintas le otorgan una autoridad que ningún sucesor heredará intacta: el capital de Lula es personal, construido voto a voto desde 2002, y los capitales personales no se traspasan por decreto.

De ahí que su anuncio de despedida pese tanto como su victoria: Brasil no solo eligió un presidente el domingo; aceptó que el próximo ciclo, el de 2030, será el primero en generaciones que deberá escribirse con otro nombre al frente.

A esa dificultad se suma la que el propio presidente instaló el domingo: la cuenta regresiva. Al declarar que no volverá a postularse y que entregará el poder en 2030, Lula convierte su último mandato en una transición administrada por él mismo.

Para su partido, el desafío es inédito: después de ganar cuatro elecciones presidenciales con el mismo hombre, el Partido de los Trabajadores deberá construir una sucesión que nunca necesitó. Para la oposición, la estrategia también cambia: ya no se trata de impedir una reelección, sino de esperar —y desgastar— el final de una era.

Cuando el escrutinio llegó al cien por ciento, Brasil no solo eligió un presidente: fijó la fecha en que terminará el ciclo político más largo de su democracia. Entre ahora y 2030, Lula gobernará con el récord de votos en una mano y el calendario en la otra.

Hacer que ambas cosas sean compatibles —gobernar en serio mientras todos miran el reloj— es la tarea que el domingo le encomendaron 64 millones de personas.

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